Philip Mullins

Guatemala: Primera Década

1910:

El Miércoles de Ceniza 16 de Febrero, a las 12:30 de la noche, vino al mundo el que esto escribe. En este mismo año y durante varias semanas fue visible el famoso cometa Halley, según me relataba mi madre y mi hermana Marta, fue un espectáculo imponente y bellísimo, pues su enorme cauda abarcaba como la tercera parte del firmamento.

1909/1913:

Inglaterra, Francia, E.U.A y Holanda, crean el Seguro de Edad Avanzada y de Enfermedad.

1914:

Un acontecimiento mundial y uno familiar: El 28 de Julio da principio la primera Guerra Mundial, con 4 años de duración, dejando un saldo de 8 millones de soldados muertos en combates y 12 millones de personas civiles muertos, en las poblaciones atacadas. Esta guerra terminó con la firma del armisticio a las 11 horas del 11º. Día, del 11º. Mes (Noviembre de 1918).

El 19 de Agosto, como ya lo he relatado al principio de estas memorias, murió en la capital de Guatemala, mi abuela Guadalupe Mollinedo de Morales.

En este año se abre el canal de Panamá.

1917:

El 7 de Enero, entró por primera vez a la escuela, siendo ésta el colegio de Varones “La Enseñanza”, fundado un año antes (1916) en la 4ª. Calle Oriente de la Antigua Guatemala, por su Director y propietario, el prestigiado maestro don Rafael Rosales, de grata recordación, siendo en esa época el mejor colegio de la ciudad.

Como nuestra casa estaba situada en la aldea de San Juan Gascón, a cuatro kilómetros del centro de la ciudad, me hospedaron en casa de doña Aurelia Aragón, tía del escritor Luis Cardoza y Aragón y del Licenciado y periodista Fernando Juarez y Aragón y abuela del periodista Manolo Cotero Aragón, tardé como huésped en esta casa, cinco períodos escolares, hasta 1921. Cada fin de semana llegaba mi padre en su caballo, para llevarme a San Juan, regresándome los Lunes temprano.

Mi padre Rosendo López Herrera, era hijo de Nazario Herrera y Cármen López, únicamente conocí a mi abuela, pues el abuelo falleció antes de mi nacimiento. Mi padre tenía una fábrica de jabón en San Juan Gascón, la casa era muy amplia, ubicada en una granjita. Como en la aldea no había iglesia, los santos estaban alojados en un salón de nuestra casa, siendo las siguientes imágenes: San Juan, San Antonio, El Señor Sepultado y la Virgen Dolorosa, todos de tamaño natural. Todos los años el Martes Santo trasladaban a la Catedral de Antigua al Señor Sepultado, donde le oficiaban una misa, saliendo por la tarde en procesión desde la Catedral hasta nuestra casa, en donde se les servían tamales, pan y café a los cucuruchos,(hombres que cargaban en hombros las imágenes en la procesión) músicos de la banda y demás acompañantes.

La ciudad de la Antigua era muy concurrida durante toda la cuaresma, principalmente el primer Viernes y la semana Santa, llegaban millares de personas de todas las clases sociales, procedentes de muchos departamentos de la república, siendo la mayoría de la capital y pueblos circunvecinos, el viaje lo realizaban, los más pudientes en carruaje y la inmensa mayoría a pié o en carretas de bueyes, en grupos que caminaban día y noche. Los de mayores recursos económicos y los que tenían más suerte se alojaban en Hoteles, casas de huéspedes, pensiones, mesones o en casas de personas amigas o familiares, el resto que sumaban cientos o quizá miles de peregrinos o romeristas, dormían en los portales del parque central, en los bajos del cabildo y palacio de los capitales Generales, los desposeídos o menos afortunados lo hacían debajo de las carretas que los habían transportado o simplemente debajo de los árboles de las alamedas de El Calvario, Santa Rosa y Santa Lucía, que por cierto estaban bien pobladas de amates y árboles de señorita. Los viernes de Dolores a las cuatro de la mañana salía el Viacrusis del Hermano Pedro, de la iglesia de San Francisco, llevando en hombros la imagen de Jesús del Perdón, haciendo el recorrido por toda la calle de los pasos, hasta llegar a la iglesia del Calvario más o menos a las seis de la mañana, en donde se celebraba una misa, comulgando la mayoría de los concurrentes, que eran millares de hombres los que asistían silenciosamente, con el mayor recogimiento, haciendo alto en cada una de las catorce estaciones del Viacrucis, que desde el tiempo de la colonia fueron construidas en ese trayecto en cuyo interior se encuentran representados todos los pasos de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Curiosamente en estas ceremonias toman parte exclusivamente hombre, estando prohibida la asistencia de mujeres.

Los días Jueves y Viernes Santo, eran de profundo respeto, no se permitía que los niños jugaran, gritaran o hablaran en voz alta, así mismo no se escuchaba música mundana y para bañarse tenía que hacerse con el mayor recogimiento. Las playas no se visitaban y en las iglesias se silenciaban las campanas, las que eran substituidas por enormes matracas de madera.

En esta época las clausuras escolares, se celebraban en los templos de Minerva, construidos en cada una de las cabeceras departamentales en época del Presidente Estrada Cabrera, siendo su arquitectura, una pequeña imitación del Partenón de Atenas, y que a la fecha casi no queda ninguna por haber sido derribadas algunos por terremotos y otros demolidos por incomprensivas autoridades municipales. Él más grande y majestuoso era el de la ciudad de Guatemala, que fue derribado para construir el diamante de Béisbol Enrique Torrebiarte.

Pues bien, el último domingo de Octubre desfilaban todas las escuelas públicas y privadas hacia el templo de Minerva, en cuyo recinto repartían premios a los alumnos distinguidos, y que consistía en diplomas y dinero en efectivo colocado dentro de un sobre con el nombre del favorecido cuya cantidad era de diez pesos por cada materia premiada. También los maestros que se habían distinguido por su dedicación y eficiencia eran premiados en la misma forma, con un sobre conteniendo de $200 a $300 –La moneda de esa época era el peso, que se fraccionaba en 8 reales, 16 medios y 32 cuartillos, fluctuando el equivalente entre 60 y 70 pesos por un dólar.

Terminada la premiación y demás ceremonias, desfilaban ordenadamente la totalidad de las escuelas frente a grandes mesas, donde repartían a cada alumno- en orden respectivo, 1 pan francés con carne, 1 cono con dulces y 1 vaso de horchata, al final estaban colocados de pié un par de señores con grandes fajos de billetes nuevecitos de un peso, entregando 2 billetes a cada uno de los alumnos, y en esa forma terminaban los actos de clausura.

En el renglón educativo de esa época, era contrario a la pedagogía moderna, los castigos de acuerdo con las faltas cometidas eran los siguientes: encierro bajo llave en un cuarto obscuro, pararse tras las rejas de una ventana con vista a la calle, provistos de dos cartones semejando orejas de burro, con el objeto que lo vieran los transeúntes, pegarle con un varejón en las nalgas, estirando previamente el pantalón, para que el efecto fuera más doloroso, hincarse de rodillas sobre granos de maíz, agarrarse de la parte superior de una puerta para quedar colgando con los pies al aire, si se soltaba lo subían nuevamente, previo varejonazo, etc. Algo muy importante en esa época y que en la actualidad ha desaparecido, era la implantación de cursos de Moral y Urbanidad, consistentes en la enseñanza de respeto a las personas mayores y a las mujeres, además de las buenas costumbres que deben prevalecer tanto en el Hogar como en la calle.

Para terminar con los recuerdos imborrables de 1917, el 7 de Diciembre, víspera de La Virgen de Concepción, acompañado de mamá, salimos al sitio para cortar unas flores, habiéndole notado algo raro en su comportamiento, a ratos la miraba divagada, cuando regresamos nos sentamos a platicar en el corredor, pero constantemente se ponía de pie, se sacudía la falda de su vestido color de rosa pálido con rayitas blancas, y volvía a sentarse, así continuó por largo rato. Como de costumbre tomamos café esa tarde, seguidamente fue a su cuarto, se recostó y se quedó dormida, ya entrando la noche despertó y principió a hablar incoherencias, estaba completamente trastornada, no conocía a nadie, a mi abuelo Juan, que estaba sentado en una silla junto a la cama, le sobaba cariñosamente la cabeza y le decía: ¡ Que bonita la peloncita! A mí me odiaba, ordenando constantemente, saquen del cuarto a ese patojo, no quiero verlo, más tarde se paró sobre la cama y alzando los brazos decía que ya se iba y en su demencia trataba de escaparse por el tapanco.

A la mañana siguiente llegó a verla el doctor Juan A. Mejía, muy acertado médico Hondureño, una vez examinada detenidamente, ordenó se le pusiera un lavado y que tomara unas obleas, al tercer día fue cediendo la temperatura, recobró el conocimiento y entró en franca mejoría, hasta su total restablecimiento.

Como las penas siempre vienen acompañadas, el 24 de Diciembre a la media noche, se registró el gran terremoto que arrasó la ciudad de Guatemala, en la Antigua también fue de gran intensidad, derribando muchas casas y cuarteando infinidad de paredes, así es que el resto de la noche la pasamos a la intemperie, como los temblores continuaron por algún tiempo, en todas las casas improvisaron refugios en los patios para guarecerse. En el parque central de la Antigua, construyeron galeras adecuadas para alojar las principales oficinas del gobierno; las principales imágenes de los templos católicos, fueron trasladadas a galeras construidas en amplios patios de casas particulares, para las celebraciones de misas y demás cultos eclesiásticos, así: La Catedral se trasladó al sitio de la familia Pérez Mollinedo,la iglesia La Merced a la propiedad de la familia Gonzáles, el Calvario a un predio aledaño al propio templo etc. El epicentro del citado terremoto se originó en la falla de Jalpatagua entre Santa Rosa y Cuilapa.

Como antes lo mencioné, mamá se encontraba convaleciendo de su reciente enfermedad, por lo que se resistía a pasar las noches en el patio y la mayor parte del tiempo se quedaba dentro del cuarto, no importándoles los temblores que se repetían constantemente.

1918:

Se desarrolló la mayor pandemia de “Influenza Española” (gripe) ocurriendo 22 millones de muertos en todo el mundo. Por precaución, para evitar el contagio, el gobierno ordenó que sin ninguna excepción, toda persona que transitara por las calles debía usar mascarilla, que consistía en cubrirse la boca y nariz con una tira de trapo blanco con cintas en los extremos, para atarla en la parte posterior de la cabeza o en las orejas. El 6 de Enero se registró el temblor de mayor intensidad del terremoto iniciado el 24 de Diciembre, yo me encontraba acostado en un colchón tendido fuera del cuarto adolorido y con fuerte temperatura a causa de la influenza, cuando a eso de las 2 de la tarde, ocurrió el temblor que me zarandeó de abajo para arriba y en todas direcciones ¡fue algo espantoso!.

En esa época los automóviles carecían de acumulador (batería), el arranque era de magneto, por lo que era indispensable usar la manivela, – cigüeña – con fuerza y destreza, para poner en marcha el motor, la bocina era de resorte, el alumbrado de carburo, por lo que al principiar a anochecer había que parar, abrir las ventanitas de cristal de los faroles para encender las luces, que eran fijas, no había ni alta ni baja. Los choferes usualmente vestían pantalones de montar, polainas, guantes, gorra, bufanda o un vistoso pañuelo atado al cuello y anteojos grandes estilo aviador. En la Antigua los dos primeros automóviles que existieron fueron, uno de don Alberto Orive y el otro de don Manuel González (a) Matraca.

1919:

Fue para mí un año inolvidable, el 19 de Junio acompañé a mamá para ir a Guatemala, siendo para mí el primer viaje que hacía en Diligencia, consistía en un carruaje grande, de cuatro ruedas tirado por cuatro o seis mulas, las dos delanteras ataviadas con un collar de cascabeles, que producían alegres notas musicales, el cochero o auriga se distinguía por su vocabulario soez asustando a las bestias para que apresuraran el paso. Salimos de Antigua a las ocho de la mañana, llevando como cochero el popular Matías Foronda, un hombre flaco de mediana edad, muy servicial y dicharachero, como era la época de lluvias y no existían caminos pavimentados, se formaban en la carretera grandes lodazales, por lo que teníamos que apearnos todos los pasajeros, caminando al lado de la diligencia, para subir nuevamente después de salvar el tramo lodoso, como a las once o doce del día llegamos a San Rafael, Las Hortencias, un hotel ubicado entre San Lucas Sacatepéquez y Mixco, cuya construcción totalmente de madera, de dos pisos, estilo suizo, rodeada de plantas de hortencia en plena floresencia de diversos colores, el conjunto de tanta belleza, producía un ambiente acogedor, siendo el clima bastante frío. El amplio comedor estaba en la planta baja, después de un ligero almuerzo, continuamos la marcha, llegando a la ciudad de Guatemala como a las cinco de la tarde, con retraso de dos horas de lo normal, debido al mal estado del camino, causado por las intensas lluvias de la temporada.

Nos hospedamos en una casa desocupada pero sí amueblada, propiedad de Chichi (Isidora) de Soto, pariente de mamá, para mí todo era novedoso, el transporte urbano consistía en tranvías tirados por mulas de gran tamaño, carruajes de diversas categorías, desde los más comunes, tirados por un par de pencos, hasta los más lujosos del establo Shuman, con grandes y finos caballos, cochero ataviado, con leva y chistera negras y guantes blancos, también existía un pequeño ferrocarril de origen francés llamado el tren Decauville que circulaba por las principales circunvalaciones de la ciudad. Muchas personas, principalmente obreros y domésticas, abordaban en la estación central el ferrocarril del Pacífico, apeándose en Pamplona, muy cerca de lo que hoy es el Trébol, esto ocurría principalmente los Domingos o días festivos, que corría un tren especial entre Guatemala y Amatitlán.

El alumbrado público era de carbón de Piedra y consistía en grandes faroles atados a los postes con un cordel que pendía de una pequeña garrucha, diariamente, tenían que bajarlos para cambiar los carbones usados, la noche anterior, reemplazándolos por nuevos, elevándolos nuevamente a su lugar, este trabajo era ejecutado por personal de la empresa eléctrica, y les llamaban “Los Luceros”.

En esta oportunidad visitamos a Pancho Mollinedo, General de Brigada, primo de mamá, también visitamos al escritor y poeta don Máximo Soto Hall, padrino de tío Fernando.

En este viaje lo que me conmovió grandemente fue observar el deplorable estado de destrucción en que quedó la ciudad a causa del terremoto ocurrido dieciocho meses antes de nuestra visita. Nos regresamos a la Antigua el 26 de Junio, siendo nuestra permanencia en la capital, una semana.

En esta época el correo interdepartamental era transportado a pié por hombres regularmente indígenas, entre Guatemala y la Antigua, salían de ambos lugares a las siete de la mañana, llegando a su destino a las dos de la tarde, trotando sin descanso y con toda la correspondencia dentro de un saco de lona, y este a su vez metido en una red de pita, con su respectivo mecapal, por lo tanto, la caminata les llevaba menos tiempo que un carruaje tirado por caballos ¡ Una verdadera maratón!.