Philip Mullins

Prólogo

Complaciendo los deseos de mi prima Amalita Jordán y de su hija Silvia Ruby – que tuvo la gentileza de proporcionarme grabadora y cassettes- con gusto escribo las escasas memorias que poseo acerca de nuestra familia Morales Mollinedo, agregando algunas anécdotas y costumbres que me ha tocado vivir durante más de ochenta años de mi existencia.

Debido a mi escasez de dotes literarios, ruego a quienes tengan la paciencia de leerme o escucharme, sean indulgentes en sus apreciaciones y comentarios. Gracias.

La noche del 19 de Agosto de 1914, desperté y vi a mi mamá muy sobresaltada, acababa de encender una vela para alumbrarnos, yo apenas tenía 4 ½ años de edad y dormía en la misma cama con ella, pero me recuerdo muy bien de esa escena, le pregunté qué sucedía, y me respondió “ sentí que alguien me abrazaba muy fuerte y asustada retiré el bulto que me oprimía”… pasado un rato apagó la candela y continuamos durmiendo. Esto ocurrió en la aldea de San Juan Gascón, Antigua Guatemala, al siguiente día llegó un telegrama procedente de la capital, remitido por mi tío Fernando, hermano de mi mamá, comunicándole que mi abuela Guadalupe Mollinedo de Morales, había fallecido la noche anterior… ¿Despedida? O ¿Coincidencia?.

Doce años más tarde, en 1926, mi hermana Amalia de 20 años de edad, se encontraba gravemente enferma de tifoidea, una noche como a las siete llegó a visitarnos doña María Ortíz Bethancourt, amiga íntima de la familia, y vecina nuestra, al despedirse le pidió a mamá que en caso de un desenlace fatal, le tocara la pared para llegar a acompañarla, – las paredes de la Antigua son como de un metro de grueso. Más o menos a las once de la noche, desgraciadamente falleció Amalia, estando presentes únicamente mamá mi hermana Marta y Yo. Lo primero que nos recomendó mamá, fue que no hiciéramos el menor escándalo, así es que llorando silenciosamente nos dedicamos a ordenar el cuarto, colocar convenientemente el cadáver, y se dispuso no avisar a la vecina, pero a lo sumo había transcurrido una hora, cuando tocaron la puerta de la calle, salimos, abrimos la puerta y cual sería nuestra sorpresa al ver que se trataba de nuestra amiga doña María, manifestando que se apresuraba en llegar porque oyó tres fuertes golpes en la pares, por lo que inmediatamente pensó que era el aviso del fallecimiento. ¿Quién llamó golpeando tres veces la pared?, nuevamente me preguntó ¿Despedida o Coincidencia?.

Mi abuela materna a quien no conocí la llamábamos mis hermanas Marta, Amalia y Yo, Mamá Lupe, dicen que tenía un carácter sumamente fuerte, por lo que les hacía difícil la vida a su marido y también a sus hijos, pertenecía a una de las principales familias de la sociedad antigueña – como era la familia mollinedo- no tengo ninguna referencia de quienes eran sus padres, solo se de sus primos el general Francisco, Tomás y Angela Mollinedo, también figuran entre los parientes cercanos, Soledad Mollinedo, esposa del ciudadano alemán Mauricio Rosbach, Gloria Mollinedo, esposa del periodista Federico Hernández de León, Gertrudis Matute Mollinedo (mamá Tula), esposa del literato Hondureño don Ramón Rosa, quienes fueron padres de Francisca de Boppel, Adriana del Valenzuela, Isidora de Soto y Blanca de Estrada. La mayoría de los descendientes de estas familias residen en la capital, pero hace muchísimos años que no me relaciono con ellos.

En la Antigua solo quedan algunos descendientes de las familias Pérez Mollinedo, Flores Mollinedo y Herrera Mollinedo.

Mi abuelo materno Juan Clímaco Morales, a quien mucha gente le llamaba don Juan Quilimáco, no tengo noticias de ninguno de su familia, únicamente conocí a un sobrino suyo, el sacerdote Bembenuto Trujillo, que fue Párroco de la Iglesia La Merced, de la Antigua Guatemala.

El referido abuelo, fue militar, subteniente del Ejército y nos narraba, que tomó parte en algunas batallas, en una de ellas estuvo a punto de ser fusilado, esto acaeció un 30 de marzo, Viernes Santo, y día de su cumpleaños, estando el ejército escaso de víveres, acampados en un despoblado, un capitán le ordenó que se fuera con un pelotón de soldados a buscar algunas reces para proveerse de carne, pero es el caso que pasando por una parte montañosa, se perdieron y todos desorientados, no atinaban por donde salir, por fin después de mucho caminar, lograron salir de la montaña, a todo esto, como tardaban sin regresar, el capitán envió a otros soldados que fueran en su busca y regresaran lo antes posible, cuando los encontraron volvieron al campamento, el mencionado capitán sumamente enojado y con la creencia que trataban de desertarse, dio la orden que fusilaran a mi abuelo por los delitos de desacato a la autoridad e intento de deserción, pero milagrosamente en ese instante se escuchó un tiroteo de parte de las tropas enemigas que se aproximaban, lo que dio lugar a que todos se concentraran para repeler el ataque y la orden de fusilamiento pasó a segundo término y no se llevó a cabo.

Mi abuelo, también fue jefe de los “Serenos”, una especie de policía que por las noches rondaba las calles de la ciudad de la Antigua, velando por el orden y seguridad de los habitantes, cada hora pregonaban el tiempo que prevalecía, por ejemplo “las 9 en punto y sereno”, “Las 11 en punto y nublado”, “La 1 en punto y lloviendo”, etc. Al respecto el abuelo nos contaba que una noche estando de servicio a inmediaciones del tanque de “La Unión” a un costado de las ruinas de “Santa Clara”, vio pasar una muchacha con la cara tapada con un manto, y él ni tardo ni perezoso le dirigió unos piropos y la siguió, pero ella sin volver a ver, apresuraba el paso, cuando estuvo a punto de alcanzarla, ella se volvió dejando ver la cara que semejaba una jícara, y en ese instante desapareció entre los arcos que rodean los lavaderos del tanque, él sintió un escalofrío que le invadía el cuerpo y las piernas tan pesadas como el plomo por lo que acto seguido puso los pies en polvorosa.

Esta anécdota me parece verídica, así como la que le ocurrió muchos años después a mi cuñado Carlos Atilio Bocaletti Gramegno (Q.E.P.D): Corrían más o menos los años 1939 o 1940, cuando el referido cuñado que por cierto era muy enamorado, pues no podía ver una escoba con falda a quien no chuleara. Caminaba solitario una noche por la calle detrás de las ruinas de Santa Clara y a media cuadra del tanque La Unión, cuando lo rebasó una muchacha vestida de mengala, con el cabello largo suelto, entonces él la siguió dirigiéndole piropos, pero ella aunque no aparentaba lo ligero que caminaba, se alejaba paulatinamente, en resumen, caminaron como cinco cuadras hasta llegar a la solitaria calle detrás de las ruinas de San Francisco, que conduce a la Iglesia de Belén, cuando estaba a punto de alcanzarla, desapareció la mujer, entonces mi cuñado sintió una sensación de miedo y se le ponía la piel de gallina; más tarde, esa misma noche me encontré con el cuñado, quien todavía estaba asustado y me relató lo ocurrido.

Estos dos relatos merecen todo mi crédito, lo curioso es la similitud de los hechos escenificados tan cerca uno del otro, solo con muchos años de separación.

Quiero hacer constar que en lo personal nunca he tenido apariciones ni espantos en la Antigua Guatemala, a pesar de4 que tanto en mi niñez como en mi juventud, recorrí por las noches y madrugadas, hasta los más recónditos callejones, caminos y calles de la ciudad, inclusive el cementerio, en busca de algún aparecido o espanto de que tanto se hablaba, pero en realidad jamás vi absolutamente nada sobrenatural.

Volviendo al abuelo Juan, era un hombre muy apacible y humanitario, haciendo favores a la gente más humilde, y necesitada, practicaba sangrías, es decir, extraía sangre de las venas a determinados enfermos, sacaba muelas, por supuesto sin anestesia, pero sí con dolor y para calmar la hemorragia le daba aguardiente al paciente para que hiciera buches, nos platicaba que la muela más difícil que le tocó extraer durante el curso de su vida, fue la del Sr. Esteban Bran, pues se encontraba sumamente enraizada, por lo que tuvo que apoyar su rodilla en el pecho del paciente y con ambas manos sostuvo el alicate hasta que la logró extraer, ante la impasibilidad del Sr. Bran, cuya persona conocí, era alto, moreno, cabello crespo y barba crecida. El abuelo Juan también practicaba la sastrería y peluquería en pequeña escala además de su carrera militar de la que ya estaba retirado.

Mi madre María Morales Mollinedo, nació en la ciudad de la Antigua Guatemala, el 14 de mayo de 1869, en la casa situada en la esquina 5ª. Av. Sur; la dirección actual es 6ª. Calle Poniente No. 7. Mi tío Fernando Morales Mollinedo, nació en la misma casa, el 6 de Enero de 1871. Me han relatado que la citada casa era muy amplia, con un sitio sumamente grande, donde se encontraban antiguos tanques e instalaciones para curtir pieles, ya todo bastante deteriorado, por lo que a dicho lugar le nombraban “La Tenería”. Mamá me narraba que una noche en dicho lugar, su hermano, es decir, tío Fernando, vio un Tacuatzín (tacuache), pronto lo agarró por la cola y llamó a mamá para que lo tomara ella y que le alumbrara los ojos con una candela mientras él iba a buscar un garrote para matarlo, efectivamente, pronto regresó con un leño y lo remató.

En cierta ocasión, el Sr. Luis Durán, suegro del Ing. Miguel Midence, y padre de Matilde Durán de Spatz, Carlos y Julio Durán, les propuso a mis abuelos que le vendieran el sitio, a lo cual accedieron y remataron el negocio. Se dice que en esa época el Sr. Durán, atravesaba por mala situación económica, teniendo hipotecada la finca “El Jute”, estando al borde que se la remataran, pero al poco tiempo de haber comprado el sitio de mis abuelos, pagó su deuda de la hipoteca y se observó gran mejoría en sus finanzas.

Corrió el rumor, que la prosperidad económica de la familia Durán se debía a que en el mencionado sitio que compraron a mis antepasados, se encontraron una fortuna enterrada. Con la curiosidad de esos rumores, mamá y tío Fernando, que estaban patojos, dispusieron una noche entrar los dos a observar el sitio, habiendo encontrado una resiente excavación, con un sótano a la vista.

Aquí termina la primera parte de estos deshilvanados relatos.
A continuación expongo cronológicamente, ms que todo para que las nuevas generaciones se den cuenta de la forma de vida, a partir de la primera década del presente siglo, aunque mi persona aparece como protagonista en la mayoría de los casos, quiero dejar constancia que no pretendo escribir una autobiografía, sino únicamente dar a conocer las costumbres y sucesos de la época, con algunas anécdotas relacionadas con los mismos.